Escritos: Team Perseus – Riddle from Venus (Capítulo 1)

Capítulo 1

Año 3999. Planeta Kagmar: Monasterio abandonado en la Llanura de Piedra

En ninguna guía del Universo encontraríamos al planeta Kagmar como uno de los más bellos descubiertos. Es más, lo más probable sería que se indicara todo lo contrario. Pero tras seis años viviendo en aquel lugar, Cameron empezaba a encontrar la belleza del lugar. ¿En qué otro lugar se podría disfrutar de tan absoluta monotonía paisajística? Mirase adonde mirase las inmensas formaciones rocosas lo ocupaban todo, alzándose hacia un cielo que sólo dejaba de lado su tonalidad anaranjada durante las noches.

Al menos ese era el primer pensamiento que tenía todas las mañanas nada más despertarse. En el segundo recordaba el motivo de por qué odiaba ese lugar. Y no era porque era un soldado contratado por la Tierra para infiltrarse en territorio enemigo. No, no. Solo había necesitado un par de años para acostumbrare a dormir con un ojo abierto y un rifle de asalto como compañero de cama. A lo que no era capaz de cogerle el pulso era a la siempre presente arena. Se colaba por todas partes y no importaba cuánto se tapase que siempre terminaba con algún grano dentro de la ropa interior.

Arena en la cama, arena en la comida, arena por la nariz cuando respiraba, arena en la boca cada vez que hablaba… Día a día ponía a prueba su paciencia, por lo que no veía el momento de que llegase el final de su misión. Ésta consistía en acabar con el líder militar de los kagians. La teoría era que si removían de la partida a Dgaro Kaune todo el entramado militar de Kagmar se vendría abajo y los kagians estarían dispuestos a negociar con la Tierra. Hace trece años fue localizado y capturado por soldados terrícolas el supuesto líder. Aunque resultó que su verdadero nombre era Jkiano y que Dgaro Kaune no era un nombre propio de una persona, sino de un colectivo. La traducción más aproximada era El Círculo Leal, que estaba comprendido por doce individuos. Jkiano era uno de ellos, pero se suicidó antes de revelar otros nombres.

La misión seguía siendo la misma, pero ahora en vez de tener que identificar, localizar y neutralizar a una sola persona, tenían que hacerlo con una docena. La Tierra decidió que necesitaba más infiltrados en el bando enemigo y fue cuando se pusieron en contacto con Cameron. El día más feliz de su vida fue cuando le sacaron de su hogar de Mehra para meterle de lleno en un conflicto armado. Y es que la vida en Mehra era muy desagradable si no compartías la filosofía del lugar.

El planeta Mehra era una preciosa esfera repleta de mares y bosques totalmente deshabitada. No formaba parte del territorio de ningún otro planeta, por lo que no formaba parte de la UPG. A principios del siglo XXXI un excéntrico filósofo decidió construir una casa para él y su harén de mujeres en una zona perfecta para el cultivo. Lo que empezó como un hogar vacacional pasó a ser su vivienda permanente. A los pocos años se declaró dueño del planeta y, como no era de interés para la UPG, le dejaron tranquilo. La cuestión era que esta persona tenía un concepto de la mujer y sobre su papel en la sociedad muy anticuado y no se cortaba demasiado en proclamar sus ideas en la UniRed (evolución de lo que en su día fue Internet).

Obviamente sus ideas eran totalmente repudiadas por la mayoría de los habitantes del Universo conocido, pero un 0,5% de apoyo en un terreno tan basto suponía varios cientos de miles de seguidores. Algunos de ellos hicieron las maletas y construyeron su nueva vida en Mehra, donde el filósofo cedió varias de sus mujeres para los recién llegados. La UPG declaró ese movimiento migratorio de histriónico y pasajero, asegurando que el modelo social que proponía Mehra no se sostenía. Pero ante las presiones sociales, la UPG bloqueó el planeta.

Las riquezas del planeta les permitieron sobrevivir sin problemas y, al producirse la tragedia Nova – 22, el bloqueo sobre Mehra se levantó para invertir los recursos en misiones de rescate y abastecimiento. Aprovechando que miraban para otro lado, los mehranos relanzaron su campaña de reclutamiento y muchas naves aterrizaron en su superficie para unirse a la sociedad planteada por el filósofo. En esta nueva remesa llegaron ingenieros, científicos, doctores y esclavistas procedentes del Sector Salvaje que esperaban hacer un negocio redondo con sus naves llenas de hembras de diversas especies.

Para cuando la NCP estaba formada y consolidada, Mehra se había convertido en una potencia en sí misma con una economía, educación, sanidad y fuerza militar muy bien estructuradas. La NCP llegó a un acuerdo con el planeta: si yo no te molesto, tú no me molestas. Los mehranos eran completamente autosuficientes y prometieron no buscar terreno más allá de su planeta, siempre y cuando la NCP no ilegalizase los viajes a Mehra. Con el paso del tiempo, la filosofía que vendía el planeta se recrudeció bastante y, actualmente, se consideran a sus habitantes unos de los fanáticos más despreciados del Universo.

En el año 3877 un terrícola llamado Amadeo Combs decidió mudarse a Mehra tras un desencanto amoroso. Ya desde pequeño sus padres decían que no era un chico muy listo. En su nuevo hogar solicitó mujer humana, las cuales salían a los 16 años de la Academia de Corrección para servir hasta el fin de sus días al hombre que las pidiese. El clan de los Combs se asentó en Mehra y Amadeo vio crecer a sus hijos y nietos (las hijas y nietas son internadas en la Academia a los 5 años y no vuelven a tener contacto con sus familias). Uno de estos últimos era Cameron, el cual se vio desde el principio que iba a ser la deshonra de la familia.

Sus ideas de hacer amistad con la hija de los vecinos o sus incomprensibles lloros cuando su hermana pequeña fue entregada al Gobierno para ingresarla en la Academia de Corrección fueron una constante fuente de disgustos para Amadeo y su corazón acabó cediendo. Su padre intentó por activa y por pasiva hacerle comprender por qué su actitud era inadmisible, pero Cameron siempre se mostraba reacio a creer en la obligación moral de considerar a las mujeres meros objetos. Por desgracia, los mehranos no podían abandonar el planeta debido al acuerdo alcanzado con la NCP.

Cameron aprendió a disimular y se memorizó al dedillo los manuales de ética de la escuela para no tener que repetir curso por una filosofía en la que no creía. A los 18 años se suponía que tenía que ir a la Academia de Corrección a elegir mujer (o mujeres, sus buenas notas le concedían la posibilidad de adquirir hasta tres ejemplares), pero anunció a su familia su intención de unirse a la Escuela Militar y enfocarse en su carrera profesional antes de formar hogar.

Ya por aquel entonces, la guerra entre la Tierra y Kagmar estaba en pleno apogeo. Kagmar se encontraba en una zona de la Vía Láctea caracterizada por la escasez de planetas habitables, siendo Mehra su vecino más cercano. Este hecho no pasó desapercibido a los estrategas de la Tierra, que consideraron un acuerdo con ese planeta muy beneficioso para montar un puesto de avanzada. A pesar de las duras críticas de la NCP, los terrícolas no podían permitirse el lujo de ignorar la ventaja que suponía tener una base de operaciones en Mehra. A cambio, los mehranos recibieron nuevos cultivos y ganadería.

Esa alianza que se formó entre los dos planetas se convirtió en el foco de todas las esperanzas de Cameron para abandonar el planeta de manera legal. Aunque no era oficial, en la Escuela Militar se rumoreaba que la Tierra se estaba llevando a los mejores cadetes para participar en la guerra contra los kagians. Una vez que pusiese un pie fuera de ese enloquecido lugar, iban a necesitar un ejército armado hasta los dientes para hacerle volver.

La etapa de formación en la Escuela Militar fue larga y dura, pero Cameron no se concedió un respiro hasta convertirse en el cadete con mayor puntuación el día de su graduación a los 23 años. Ese día sintió una pequeña decepción al no ver ningún representante de la Tierra en la ceremonia, sentimiento que se convirtió en terror al ver que le asignaban a las patrullas de exploración de Mehra. Durante tres años pensaba que había dejado escapar su oportunidad de huir, haciendo que su autoestima tocase mínimos. Tampoco ayudaba que su padre le insistiese cada dos días en tomar mujer, asegurando que era su obligación como mehrano. Para cuando cumplió los 26 años, estaba sumido en una fuerte depresión. El día de su cumpleaños fue la primera vez que escribió en un diario. La primera entrada fue bastante escueta:

“Hoy me he autorregalado raíz de noorn. Así que esta noche me despido. Bye, bye mundo. Ha sido un verdadero asco el haberte conocido”

El destino quiso que, poco después de haber escrito esas líneas, un oficial del ejército terrícola solicitase su presencia. El corazón le latía tan fuerte durante la entrevista que estaba convencido de que la otra persona lo podría oír. Pero todo salió bien. La Tierra quería que se uniese a sus fuerzas especiales en Kagmar, donde un grupo de soldados infiltrados llevaba años intentado eliminar a los miembros de El Círculo Leal. Al parecer, los últimos cinco integrantes estaban demostrando ser bastante huidizos.

Cameron no se lo pensó ni un segundo y firmó el contrato sin ni siquiera leérselo. Lo único que le importaba era el hecho de que iba a abandonar Mehra. Cuando el oficial le preguntó si quería algunos días para despedirse de la familia, éste se negó y prácticamente suplicó ser trasladado de inmediato.

Tras unos cursos de preparación, se le concedió el rango de Sargento y fue llevado a la nave en la cual le pondrían “presentable”. Los kagians tenían una constitución algo más fuerte que la de un humano, pero no era nada que no se pudiese camuflar con la cantidad de ropa que llevaban para hacer frente a las tormentas de arena. Lo difícil estaba en modificar las zonas expuestas: cara y manos. En la cara tuvieron que añadir varias protuberancias óseas, así como sustituir quirúrgicamente su dentadura por una cuyos dientes fuesen un poco más largos y afilados. Trataron la piel de sus manos y brazos para darle la textura y el color correctos, así como la modificación de sus uñas para darle un aspecto más próximo a garras.

Esa era la parte fácil. Lo difícil fue los procedimientos a los que tuvo que someterse para no ser reconocido como humano en ningún tipo de escáner o análisis genético. Cameron no sería capaz de explicar los detalles. Lo único que sabía era que dolía más que un masaje con lija. Por último, las modificaciones en sus cuerdas vocales para que su voz se pareciese a la de un kagian y, que de paso, funcionaba como traductor automático.

En sus seis años infiltrado en Kagmar había ayudado a neutralizar a uno de los integrantes del Círculo y a identificar al último que quedaba. Era una mujer llamada Mejlia Ijjnijj (ese nombre hacía que su castigada garganta sufriese aún más). Había conseguido infiltrarse en un grupo de soldados kagians que iban a proporcionar suministros a su nueva guarida. Y era ahí donde se encontraba en ese momento, rumbo a un monasterio abandonado en la Llanura de Piedra. Era la primera vez que estaban tan cerca de dar caza a Mejlia, pero sus intentos de contactar con otros soldados terrícolas para coordinar esfuerzos habían fracasado.

Así que el desenlace de ese guerra estaba en sus manos. Igual tendría que sentir más presión, pero estaba entrenado para formular un plan y salir airoso de la situación. El monasterio donde se encontraban no parecía gran cosa y no estaba muy abastecido ni de armamento ni de personal. Le habían comentado que en los alrededores había un par de búnkeres, por lo que se anotó mentalmente hacerles una visita antes de planificar nada.

Cuando entró en el monasterio, se dio cuenta de que la base de operaciones no era ese edifico en ruinas, sino la montaña en la que se erigía. Los kagians la habían erosionado y construido en su interior un laberíntico complejo que se extendía a lo largo de varios niveles. Sería muy fácil perderse en el mismo, pero pasar desapercibido por aquellos túneles sería igual de sencillo. Siguió a sus “compatriotas” hasta lo que parecía el nivel más bajo, donde la mandíbula de Cameron casi se desencajó de su sitio.

Los últimos ataques a miembros del Círculo tenía a los kagians en un estado continuo de nerviosismo y sabía que últimamente había habido mucho movimiento de armamento. Lo que no se esperaba era que lo estuviesen almacenando todo junto en aquel inmenso almacén. La persona que hubiese decidido tal cosa no debía saber nada sobre estrategia militar, pues acababa de facilitar el trabajo de Cameron. Encima de aquel silo lleno de misiles, bombas y otros artículos explosivos se alzaba el resto del cuartel junto con las dependencias personales de algunos soldados. Uno de esos cuartos estaba actualmente ocupado por Mejlia y no parecía que el edificio estuviese especialmente protegido contra explosiones.

El corazón de Cameron se aceleró cuando su cerebro empezó a formular los pasos de un plan para acabar para siempre con la amenaza que suponía Kagmar. Pero primero tendría que explorar el lugar, fijarse en la seguridad y en los guardias que custodiaban el lugar.

Tras un largo día de disimulada exploración, se dirigió el comedor de la base donde se esperaba que todo el personal de la base asistiese. Se sentó junto con sus compañeros de viaje, con los cuales había establecido una amistad. Sí, simulada… pero igualmente útil.

– ¿Sabéis si tenemos habitación en este lugar? -preguntó Cameron.

Seis años de exposición a la arena habían dando un tono rasposo a su voz. Cameron lo odiaba, pues daba la sensación de que tenía una irritación constante… cosa que no estaba lejos de la realidad. No era de extrañar que intentase hablar muy poco, habiéndose granjeado el apodo de El Mudo en el ejército kagian. Por eso, recibió una cara de sorpresa por parte de sus “amigos” al haber enlazado tantas palabras seguidas.

– No, este lugar está reservado a Mejlia y sus hombres de confianza. El resto estamos asignados al búnker que se encuentra al norte. Vamos a estar hacinados.
– ¿No había otro búnker al sur? -preguntó otro kagian al que Cameron le dio mentalmente las gracias por buscar información.
– Según me he enterado, ese otro tiene suministros de emergencia. No está preparado para resguardar personas.

La conversación cambió de tema rápidamente y Cameron se limitó a escuchar, como venía siendo lo normal en él. Aquellos kagians no parecían malos tipos en sí, pero creían demasiado en la obsesión bélica de su Gobierno. Mucho temía que algunos de los que estaban sentados a esa mesa no verían el final del conflicto.

Otra oportunidad que le había supuesto su misión en Kagmar era la posibilidad de relacionarse con mujeres que eran tratadas como iguales en su sociedad. Para Cameron era algo que sólo existía en los libros y en la ficción televisiva proveniente de la NCP (su consumo se consideraba ilegal en Mehra y no era fácil encontrarlos como artículos de contrabando). Pero pronto descubrió que la sociedad kagian no iba a ser el mejor ejemplo. Estamos hablando de una raza que demuestra su respeto escupiendo a la cara. La manera de relacionarse entre hombres y mujeres en ese planeta era un poco excéntrica para los extranjeros y nada de lo allí aprendido podría aplicarlo a su vida. Pero todavía era joven y la guerra estaba a punto de terminar… Tenía tiempo de aprender.
Antes de que se repartiese la comida, Mejlia dio un pequeño discurso. Era la misma propaganda política y militar que se llevaba diciendo en Kagmar desde el inicio de la guerra, pero parecía que nunca pasaba de moda. Tras la charla, sirvieron un menú bastante contundente: sopa de bulbos de ejj al toque de arena, guiso de mogk acompañado de varias verduras y aderezado con pimienta y arena, pastel de frutos silvestres con crujiente de arena… Todo acompañado del típico vino arenoso de las colinas de Kagmar. La palabra clave era arena, pues era a lo único que le sabía todo lo que comía. En el lado positivo del asunto, sus dientes nunca habían estado tan blancos. Una pena que se los fueran a extirpar tras terminar su misión.

Para sorpresa de Cameron, tras terminar su comida Mejlia se acercó a la mesa donde estaban sentados para presentarse a los recién llegados y agradecerles el cargamento que habían traído. La última miembro del Círculo fue uno a uno escupiéndoles en la cara y recibió una respuesta similar por parte de los integrantes de la mesa. La expresión de Cameron no varió en absoluto al recibir el viscoso esputo en su ojo izquierdo ni al sentir cómo se deslizaba por su mejilla. El mehrano aprovechó el saludo para recolectar los granos de arena que persistían en su boca y los adjuntó en el proyectil que impactó en la nariz de Mejlia. Ésta sonrió complacida y se sentó con ellos para charlar de temas triviales.

Cameron se moría de ganas por salir de allí y empezar a elaborar en serio su plan, pero no quería ser irrespetuoso con Mejlia. Al fin y al cabo, había sido una tontería similar la que había conducido a la guerra. Así que aguantó como un valiente las casi cuatro horas de escuchar una conversación que no le interesaba en lo más mínimo. Cuando tuvo luz verde para marcharse, se despidió educadamente y buscó una zona del complejo que no estuviese vigilada. Allí sacó su castigado diario y su pobre lápiz que estaba en las últimas de su vida natural. Tras plasmar algunas ideas, elaboró un pequeño mapa con lo que recordaba y los lugares donde se concentraban los guardias.

Una semana le llevó estudiar el complejo hasta que se sintió cómodo y seguro con su plan. Todas las noches tomó la precaución de anunciar a sus compañeros de búnker que le gustaba dar paseos nocturnos, para que de esa manera su ausencia no hiciese saltar las alarmas. Prueba del desgaste militar que estaba padeciendo Kagmar fue el hecho de que prácticamente no le costase esfuerzo alguno infiltrarse en el monasterio. El guardia de la entrada ni le sintió. Le dejó inconsciente en el suelo y se infiltró dentro.

La ruta que cogió para bajar hasta el almacén era bastante larga, pero se evitó cualquier contacto con patrullas nocturnas. Llegó a las puertas de su destino antes de lo que tenía planificado y paró varios segundos para escuchar. Como todas las noches que había bajado, sólo se oía a un par de kagians charlando al otro lado. De uno de los pliegues de su túnica sacó una cápsula de gas paralizante, acercándose a continuación al mecanismo de apertura. Cuando la puerta se deslizó varios centímetros, arrojó la granada en el interior y volvió a tirar del mecanismo para activar el cierre de emergencia.

Oyó una maldición, un siseo, un par de golpes y, finalmente, un silencio absoluto. Esperó un tiempo prudencial para que se disipase el gas y entró en el almacén, donde los dos guardias estaban inconscientes en el suelo. Sin perder ni un solo segundo, recorrió estantería a estantería hasta que encontró algún tipo de explosivo programable. Los esparció por todo el almacén y, con un control remoto, les puso una cuenta atrás de 40 minutos. Tiempo más que suficiente para salir de allí y buscar un lugar para refugiarse de la explosión.

Las patrullas de los pasillos habían modificado ligeramente su ruta, por lo que llegar a la superficie le costó un poco más de lo deseado. Saliendo del monasterio comprobó que le quedaban unos cinco minutos para salir de allí. La adrenalina concedió a sus piernas una fuerza extra que hizo que comiese grandes cantidades de terreno con cada zancada, pero cada bocanada de aire venía acompañada por una cantidad insoportable de arena que le estaba empezando a afectar a su cordura y no estaba seguro de hacia dónde estaba corriendo. El búnker de la zona sur era su objetivo, pero se había desviado mucho y no le quedó más remedio que refugiarse tras una formación rocosa y rezar para que no cediese con la explosión. Había visto cómo quedaba un cuerpo tras ser aplastado con una de aquellas rocas y no le apetecía en absoluto vivirlo en primera persona.

El sudor, la mugre y la arena le hacían sentirse incómodo con toda la ropa que llevaba, pero el final estaba a sólo unos segundos. Un poco más y podría comenzar su nueva vida. La explosión llegó, siendo mucho más potente de lo que esperaba a pesar de haber conseguido alejarse una buena cantidad de terreno. Los laterales de la montaña contuvieron gran parte de la misma, forzando a la fuerza destructora a aliviarse hacia arriba, rumbo a las habitaciones privadas. Rumbo a Mejlia. Cameron se asomó justo para ver cómo el viejo monasterio quedaba pulverizado. Era prácticamente imposible que nadie hubiese sobrevivido a algo así.

Volvió a refugiarse tras la roca para evitar la onda expansiva, que arrastraba piedras y grandes cantidades de arena a gran velocidad. A pesar de estar resguardado, sintió la fuerza de la misma tirar de cada molécula de su cuerpo. Fue casi un milagro que saliese intacto salvo por un par de magulladuras. Cuando pasó el peligro, se asomó de nuevo llevándose unos prismáticos a los ojos para ver el resultado. La montaña había colapsado y los soldados kagian del búnker habían salido para inspeccionar el lugar. Se estaban coordinando para iniciar las excavaciones y buscar supervivientes. Cameron consideraba aquel acto bastante inútil, pero a la vez admiraba la lealtad de los soldados a sus líderes.

Si fuese una raza tan inteligente como leal, la balanza de poder en esa guerra sería muy diferente. Dormir encima de un silo de misiles era la cosa más estúpida que Cameron había presenciado durante sus seis años como infiltrado. Sin moverse de su escondite, tanteó entre los pliegues de su túnica en busca de su querido diario, pero el viejo cuaderno no apareció por ningún lado. Se le debió de caer durante su apresurada huida, por lo que en esos momentos no sería más que un montón de jirones irreconocibles o un puñado de cenizas. Suspiró resignado, sacando otras de sus posesiones más preciadas y que, gracias a las alturas, no había perdido: su reproductor de música.

Se lo saqueó hace cuatro años a un soldado kagian caído en combate y desde entonces no se había alejado de él. Durante su larga misión como infiltrado había tenido que hacer muchas cosas de las que no estaba orgulloso (al parecer, tenía un cierto don para la tortura). Desgraciadamente, eran unos males que tenía que aceptar si quería ganarse la confianza de los kagians. Cada vez que cerraba los ojos le asaltaban imágenes de algunos de los actos más crueles que había presenciado o en los que había participado, impidiéndole conciliar el sueño. Sólo conseguía mantener alejados a esos fantasmas poniéndose los cascos de su reproductor y dejándose engullir por la música monótona que tenía grabada. El retorcido sentido del humor del destino hizo que el aparato sólo contuviese canciones del maldito Steenllar.

Pulsó el botón de encendido del reproductor, haciendo que los cascos inalámbricos salieran de su compartimento y flotaran por sí solos para colocarse en la posición correcta dentro de sus oídos. Cerró los dejos y dio la mano a la ya familiar canción para que le acompañase al mundo de los sueños.

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La brusca ráfaga de aire que pasó por encima de su cabeza le despertó de inmediato, haciéndole ponerse alerta. Sacó un envase lleno de agua para lavarse la cara, pues había aprendido a las malas la dura lección de no frotarse la cara para desperezarse o la arena haría un estropicio. Tras lavarse y asegurarse de que ningún grano amenazaba su ya de por sí castigada piel, comenzó a ponerse en situación. Docenas de naves de pequeño tamaño hacían vuelos a gran velocidad y a baja altura mientras que más allá de la órbita del planeta se libraba una de las batallas espaciales más grandes que había presenciado. Tanta actividad y tan caótica sólo podía significar que la muerte de Mejlia se había extendido, dejando por fin sin líderes a los kagians. Lo más probable era que se hubiesen formado diferentes grupos de soldados que clamaban ser los nuevos jefes del cotarro.

Si el ejército de la Tierra era mínimamente inteligente, estaría aprovechando esa situación para dar el golpe de gracia a la larga e innecesaria guerra. A juzgar por lo que veían sus ojos, la inteligencia de los terrícolas había quedado demostrada. El papel de Cameron en el conflicto ya se podía dar por terminado, así que sacó el comunicador especial que le habían dado al reclutarle para identificarse y solicitar extracción.

– Por favor, identifíquese -le solicitó una IA al otro lado.
– Sargento Combs. Alpha-233-Luna-Epsilon-5672-Robert.
– Por favor, espere.

Al parecer, llevar a cabo la comprobación de los datos iba a llevar un rato. Esperaba que no tardase mucho, pues la actividad sobre su cabeza se estaba incrementando de manera alarmante. Si no se equivocaba, una docena de bombarderos se estaban acercando a su posición.

– Código admitido -dijo la IA. Cameron soltó aire aliviado- Reconocimiento de voz fallido. Por favor, identifíquese.
– ¿Qué? ¡¡Mierda!!

Bebió agua, para ver si conseguía aliviar un poco el constante ardor de garganta y recuperar un tono similar al patrón de voz que grabó antes de desembarcar en su misión. Cuando estaba preparado, volvió a repetir el código.

– Código admitido. Reconocimiento de voz fallido. Por favor, identifíquese.

Cameron maldijo a las alturas y se guardó el comunicador. Su voz se había visto afectada de manera permanente y era una estupidez seguir intentándolo. Además, esos bombarderos se dirigían a su posición y los sensores le iban a señalar como kagian. Tenía que salir de allí. ¿Adónde podía ir? Mirase adonde mirase, sólo había rocas y arena. El mejor refugio lo había volado la noche anterior, pero todavía quedaban los búnkeres. El de la zona norte estaba descartado, pues estaba ocupado por el enemigo. Así que se puso rumbo al de la zona sur justo cuando los bombarderos alcanzaban el lugar.

Docenas de soldados kagian salieron del otro búnker para hacer frente al ataque, pero el armamento del que disponían no hacían ni un rasguño a las naves. Por suerte, su empeño proporcionó varios objetivos a los bombarderos y no se centraron todos en Cameron mientras huía. Aún así, a su espalda sintió el intenso calor de un ráfaga de láseres pisándole los pies. No le dieron por poco; aunque, cuando la nave maniobrase y diese de nuevo la vuelta, no iba a tener tanta suerte. Esperaba que ese tiempo fuese más que suficiente para refugiarse en el búnker.

La puerta estaba abierta, posiblemente debido al impacto de alguna explosión cercana. Cameron se coló en su interior justo a tiempo y pudo volver a respirar tranquilo, al menos por el momento. Se encerró dentro y bloqueó la entrada con todo lo que encontró, a la espera de que los bombarderos dejasen la zona para dar paso a las tropas de pie. Por el rabillo del ojo vio su reflejo en un espejo, acordándose de que estaba lleno de implantes para darle aspecto kagian. Llevaba tanto tiempo con ellos que había conseguido ignorarlos por completo.

Pero los soldados de la Tierra no los pasarían por alto y posiblemente tuviesen la política de disparar primero y preguntar después. Tenía que deshacerse de las protuberancias faciales, aunque dudaba mucho de que encontrase un droide cirujano por allí tirado que pudiese realizar la operación. Sólo le quedaba la opción más gore y la que le hizo marearse simplemente con pensarlo. Iba a doler como mil demonios.

Sacó un viejo cuchillo militar que tenía acoplado a la bota y comprobó que estaba bien afilado. Lo desinfectó como buenamente pudo con los suministros que había guardados y se acercó de nuevo al espejo. Intentado mantener su mano firme, acercó el cuchillo a una de las protuberancia de la frente y lo hincó en su piel. Tenía que cortar profundo si quería extirparla, haciendo que varios hilos de sangre se deslizasen por su cara dificultándole la visión. Pero la agonía tuvo su recompensa y el bulto artificial se desprendió de su cara. Parpadeó varias veces al ver que su visión se emborronaba, aunque su empeño no menguó.

En el momento en el que practicó otra incisión en el lado derecho de su cara, una pequeña explosión derribó la puerta y la barricada del búnker para dar paso a un par de soldados de la Tierra. Cameron se tiró de rodillas al suelo, arrojando el cuchillo y alzando las manos.

– ¡¡Soy humano!! ¡¡Soy humano!! -gritó antes de que a los soldados se les ocurriese apretar el gatillo.
– ¿Qué demonios te ha pasado en la cara? -peguntó uno de ellos mientras se acercaba.

El otro soldado señaló con su rifle el implante ensangrentado que estaba en el suelo e hizo un gesto a su compañero para que lo viese. Éste asintió y dejó de apuntar a Cameron, extendiendo una mano para ayudarle.

– Gracias por su servicio, señor.
– No hay de qué -respondió sin fuerzas debido a la pérdida de sangre- ¿Le importa si ahora me desmayo?

Antes de que el soldado pudiese decir nada, Cameron perdió totalmente el conocimiento.

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