Escritos: Team Perseus – Riddle from Venus (Capítulo 2)

Capítulo 2

Año 3999. Planeta Tierra: Hospital Cottonfield

La lanzadera privada del General Yale desaceleró al aproximarse al Hospital Cottonfield, localizado en el terraformado Desierto de Gibson en Australia. Era un hospital militar, donde los alumnos de la Academia realizaban prácticas para formarse como médicos de combate. También contaba con habitaciones para enfermos que tenían la libertad de movimientos limitada. La República Terrestre no quería llamarlos prisioneros, pero ése ere era el papel que desempeñaban.

Junto con su vehículo personal, dos patrullas aéreas del cuerpo de guardaespaldas de la República le escoltaban para asegurarse de que no tuviese ningún percance por el camino. Una vez en la azotea del hospital, el protocolo dictaba que el General no podía salir de su nave hasta que sus acompañantes se asegurasen de que era seguro salir. Una vez que recibió la señal de que todo estaba libre, Arthur Yale salió de la lanzadera y llamó al ascensor.

El paciente que tenía que visitar llevaba tres meses allí internado. En cuanto se le identificó como proveniente de Mehra, se le confinó a una de las habitación con seguridad extra. Como la Tierra había roto la alianza con ese planeta, la extradición del Sargento Combs parecía asegurada. Sin embargo, al General Yale no se le había pasado por alto el papel de Cameron en el desenlace final de la guerra y tiró de varios hilos para evitar que le expulsaran del planeta. Aún a pesar de todos sus recursos, necesitó tiempo para regularizar la nueva situación del soldado. Sólo esperaba que no le hubiesen tratado demasiado mal durante su convalecencia.

El hospital era bastante monótono con su excesiva iluminación, sus aburridas paredes blancas y las puertas pintadas de gris; pero era uno de los mejor equipados de la Tierra. Cuando llegó a la habitación donde estaba alojado Cameron, el guarda de la puerta se puso firme y saludó al General.

– Puede descansar -dijo Arthur- ¿Cuál es el estado del paciente?
– Hace dos meses que no precisa de atención médica, señor. Le hemos mantenido aquí como solicitó.
– ¿Ha pedido algo en especial?
– Una conexión a la UniRed para ver películas y batidos. Eso fue cuando llegó. Desde entonces no ha dicho nada.

El General se acercó a la ventana de observación, que permitía mirar pero no ser visto. Cameron estaba sentado sobre la cama con las piernas cruzadas, sorbiendo de una pajita y mirando un holograma que salía del proyector de la UniRed.

– Puede abandonar su puesto, soldado. Sus servicios ya no serán necesarios.

Sin esperar respuesta alguna, Arthur entró en la habitación para mantener una conversación con Cameron. El Sargento dejó de sorber un segundo, tiempo en el que miró de reojo al recién llegado. Ignoró al General con un pasotismo que resultaba enervante; pero, tras varios meses allí encerrado, se imaginaba que no tendría muy buena opinión de sus anfitriones. Arthur carraspeó para llamarle la atención, pero no surtió efecto. Parecía ensimismado con su batido y sus hologramas.

– Me consta que en la Escuela Militar de Mehra también se enseña a sus cadetes a reconocer la presencia de un superior cuando entra en una estancia. Me esperaba algo mejor de una de sus mejores promociones.

Cameron suspiró con fuerza y con cierto aire burlón. Apagó el proyector de la UniRed y se levantó lentamente mientras se desperezaba. Se puso delante del General en una parodia de cuerpo firme y se llevó de nuevo el batido a la boca para seguir sorbiendo por la pajita.

– Puedo comprender su situación, hijo -Cameron levantó una ceja mostrando incredulidad- Supongo que no es lo que uno espera tras convertirse en héroe de guerra.

Cameron volvió a suspirar, ésta vez de manera más sincera. Cogió la pajita con la mano y empezó a remover el batido en gesto pensativo. Tras varios segundos de silencio, se encogió de hombros en un intento de demostrar conformidad con las palabras del General.

– Si no habla, no le podré ayudar, hijo.

Por algún motivo, el hecho de que le llamase constantemente hijo no le molestaba en absoluto. No hacía ni cinco minutos que le conocía y ya podía asegurar que el General era mejor persona que su verdadero padre.

– Me sigue dando la impresión de que no debería de decir nada sin la presencia de un abogado -dijo finalmente.

Tanto tiempo sin usar su voz no le había ayudado en absoluto a recuperarla. Al parecer, el tono cascado había llegado para quedarse. También era cierto que el hospital había escatimado en recursos a la hora de tratarle. Todavía se acordaba de lo que dijo su doctor camino del quirófano: “Le escoria mehrana no se merece el dinero de los contribuyentes”. La medicina actual evitaba la formación de cicatrices en heridas recientes, pero Cameron tenía una que le recorría la zona de la cara por donde se había extirpado los implantes. Al menos el resto de añadidos habían desaparecido sin dejar marca.

– Puede hablar con tranquilidad, hijo. Nada de lo que diga será utilizado en su contra -señaló a sus dos guardaespaldas- Mis dos guardianes no están interesados en lo que tenga que decir.
– Muy bien -Cameron se terminó el batido y tiró el envase a la papelera- Tras seis años infiltrado trabajando para el ejército de la República Terrestre y poniendo en riesgo la vida de manera continuada, cualquiera esperaría algún ascenso o como mínimo una medalla. Yo lo único que esperaba era poder quedarme aquí. Pero desde el primer día en este hospital, oí rumores de que me iban a dar una patada hasta Mehra.
– Eso es cierto, pero me tomé de manera personal su caso. Demostré a las personas que cuentan dentro del Gobierno que su papel había sido decisivo. Que ningún mehrano había demostrado nunca tanto valor y que se merecía una oportunidad de demostrar que no todos sois iguales.
– Llevo aquí tres meses…
– Tuve que juntar muchas pruebas, hijo. Soy General. Los Generales no suplican. Yo hice una excepción ante el Primer Ministro.
– Oh -Cameron se quedó sin palabras- Gracias, señor. ¿Eso quiere decir que puedo quedarme?

Arthur sonrió y sacó un paquete que había preparado para el Sargento. En él había algo de ropa nueva, la llave para su nuevo apartamento en la Academia Militar y una tarjeta identificadora de la NCP. Cameron cogió ésta última y la encendió, quedándose sin aliento al ver su nacionalidad.

– Aquí dice que soy terrícola.
– Así es. A partir de hoy eres ciudadano de la Tierra y, por la tanto, de la NCP.
– ¿Mi pasado en Mehra se ha suprimido?
– Me temo que no, hijo. No tengo tanto poder. Pero eso es información clasificada. Para el resto del mundo eres un ciudadano de la Tierra. Es cosa tuya decidir si tu pasado será un secreto o no.

Cameron asintió. No sabía qué decir. Estaba un poco abrumado con la sorpresa y todavía no era capaz de procesar todas las consecuencias de su nueva situación.

– ¿Voy a desempeñar algún tipo de función dentro de las fuerzas militares de la Tierra?
– No, la República Terrestre no tiene pensado ofrecerle ningún trabajo en el campo militar.

El alma se le cayó un poco a los pies. Ser militar era lo único que sabía hacer, pues se había convertido en su obsesión como única vía de escape (y al final el destino le había dado la razón). ¿Qué otra cosa podía hacer? Los trabajos menos cualificados estaban ocupados por trabajadores droides. El Imperio Ramsey era muy estricto a la hora de escoger empleados para sus plantaciones de algodón y no parecía probable que fuesen a pasar por alto el pasado de Cameron. Había leído que algunos magnates todavía usaban cocineros que no eran mecánicos. Igual si investigaba un poco podría encontrar alguna vacante…

– Casi puedo ver el humo saliendo por las orejas, hijo. ¿En qué piensa?
– No quiero sonar desagradecido, señor. Pero me preguntaba qué opciones profesionales quedan para alguien como yo.
– Creo que no me he explicado bien. No, la República Terrestre no tiene vacantes para usted. En cambio, la NCP está dispuesta a contratarle para formar parte de uno de sus nuevos equipos de exploración. ¿Ha oído hablar del Proyecto Nebula?
– Me temo que no.
– Bien, de lo contrario sería bastante sospechoso… ya que la República lo está manteniendo en secreto.

El General le explicó por encima en qué consistía el programa. Le contó que era un proyecto planteado por la Tierra para la NCP, así que estaba coordinado desde ese planeta. Si algún día abandonaba su puesto en Nebula, la República Terrestre y su entramado militar estarían dispuestos a concederle un puesto. Por fin, tras 32 años, la vida de Cameron parecía tener un futuro más brillante.

– ¿Cuándo empezamos?
– El 1 de enero se ha establecido como el inicio de operaciones.
– ¿Qué debo hacer durante el mes que queda?
– Disfrutar de unas merecidas vacaciones. Eso es lo que debes hacer.

Cameron tenía un montón de preguntas y no pudo evitar hacer alguna. La idea original del Proyecto Nebula había partido de varios políticos y altos cargos del ejército, pero fue el Teniente Coronel Dolan, el popular Director de la Academia Militar que triunfaba en un reality show, el que lo había potenciado. No le iban a permitir conocer a sus compañeros hasta el último momento. A muchos miembros no se les iba a ofrecer el puesto hasta la última semana, por lo que la República Terrestre se reservaba sus identidades en caso de que no aceptasen.

Aunque quería saber más, el General Yale le dijo que no habría más detalles hasta una reunión que celebrarían en su despacho el día de Noche Vieja. Fecha en la que se iba a celebrar una gran gala de presentación. A Cameron le iba a costar acostumbrarse a la vida en la Tierra, donde todo era susceptible de ser grabado y transmitido en la UniRed como reality. Pero una cosa tenía clara: sus sueños empezaban a hacerse realidad y no los iba a poner en peligro por algo así.

Arthur le ofreció llevarle a su nuevo apartamento en su lanzadera privada, cosa que no pudo rechazar. Su nueva vida prometía mucho, pero sus cuentas de ahorro de momento estaban demasiado vacías como para rechazar vuelos gratuitos.

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Año 3999. Planeta Tierra: Sede de la NCP

El mes de vacaciones había concluido. Era la mañana del 31 de diciembre, lo que significaba que su nueva vida estaba a punto de comenzar. Había aprovechado esas semanas para explorar la Tierra con el dinero adelantado que le había ofrecido la NCP. En sí era un planeta un poco decepcionante, con tanto campo de algodón y esas monstruosidades gigantescas que tanto les gustaba construir para conseguir audiencia en la UniRed.

Durante sus visitas se enteró de que gracias a esas megaconstrucciones el ejército de la República había conseguido infiltrar a sus soldados en el planeta Kagmar. Al parecer, los kagians estaban tan preocupados viendo cómo la Tierra construía el cañón de iones más grande del Universo o demás armas gigantescas que no prestaban atención a lo que ocurría delante de sus narices. Aunque agradecía la labor que habían tenido, eran unas construcciones que hacían un flaco favor al paisaje de la Tierra. De todas formas, viendo los datos de turismo, parecía que era el único que pensaba algo así.

Los nervios por la reunión con el General Yale no le abandonaron en toda la mañana, pues no paraba de ir de un lado para otro de su pequeño apartamento. Había desayunado, se había duchado y vestido con el uniforme oficial del Team Perseus (la primera noticia que tenía sobre el equipo al que iba a pertenecer). En un par de horas cogería el aerotren e iría a la sede de la NCP donde estaba el despacho del General. Sólo dos horas para tener los nombres de sus futuros compañeros de aventuras. Era lo que necesitaba: misiones en un ambiente disciplinado donde podía contar con el apoyo de la persona que tuviese al lado.

– ¡¡Hora!! -medio gritó a la IA de la casa.
– 08:53 -respondió una voz robótica.

Sólo habían pasado un par de minutos desde la última vez que había preguntado. Tenía que calmarse o acabaría por arrugar demasiado su nuevo uniforme. Era muy simple: pantalón azul marino con múltiples bolsillos, camiseta gris y chaqueta del mismo color que los pantalones con el logo de su equipo en el hombro y su nombre en la solapa. Venía junto con unas botas negras militares que le sentaban como un guante. Nadie le había preguntado por sus medidas, pero no habían fallado en ninguna. La visera y el chaleco que venían en el lote ya los tenía guardados en la maleta, pues no creía que fuese necesario usarlos en la gala de esa noche.

Cuando llegó la hora de coger el aerotren, salió corriendo del apartamento. Cada fibra de su cuerpo estaba ansiosa por empezar esa nueva etapa. Estaba tan contento, que hasta se permitió ir silbando camino de la estación. Por lo que sabía Cameron, el apartamento de la Academia no lo iba a volver a pisar en una buena temporada. Esa noche estrenaría su dormitorio en la nave que habían asignado al Team Perseus.

Al llegar a su destino dejó su maleta a los responsables pertinentes y fue guiado hasta la planta donde estaba el despacho del General Yale. Allí, una secretaria de piel verdosa y pelo canoso (tenía la raza en la punta de la lengua, pero no le salía) le ofreció un asiento en la sala de espera y un vaso de agua. Esperar en el apartamento había puesto a prueba sus nervios. Esperar tan cerca de su destino era un auténtica tortura. No recordaba haber estado tan ansioso en ningún momento de su vida.

– ¡¡Sargento Combs!! -exclamó varios minutos después Arthur- Pase, pase. ¿Puedo llamarle Cameron?
– Sí, señor. Ningún problema.
– Veo que ya ha descubierto la designación de su equipo.

El General le pasó el que iba a ser su nuevo ordenador de trabajo, un rectángulo transparente del tamaño de una carpeta. Cameron esperaba encontrar allí los informes de los miembros del Team Perseus, pero al encenderlo recibió un mensaje de que el terminal estaba momentáneamente fuera de servicio.

– Activarán su cuenta tras la gala de esta noche. Pero le informo que tendrá a su cargo a cuatro personas.
– ¿A mi cargo? -preguntó extrañado.
– ¿No especifiqué su puesto? Eres el Team Leader de Perseus, hijo.
– Pero, señor, mi rango es de Sargento. ¿Están seguros de que no quieren a alguien con más experiencia?
– Tú y yo sabemos que tiene experiencia de sobra. Y no le han concedido un rango mayor porque sus méritos se los están llevando otros. Pensaba que estarías contento.
– Y lo estoy, señor. Simplemente me ha pillado por sorpresa.

En ese momento se dio cuenta de la amplitud del favor que le había hecho el General. Conseguir que a un mehrano le concediesen el puesto de líder en un proyecto terrícola destinado a aumentar su influencia en la NCP… Ya se podía imaginar la cantidad de tiras y aflojas en los que habría tenido que participar. Tres meses en el hospital ya no parecían tanto tiempo.

– Quiero hacer un ejemplo de usted, hijo.
– ¿Señor?
– Dentro de varios años, cuando el Team Perseus tenga unos cuantos éxitos a su espalda y haya recolectado una buena cantidad de fans, tú y yo saldremos a luz con toda su historia. Si le parece bien, claro.
– ¿Puedo preguntar con qué objetivo?
– Cameron, eres una persona especial; pero no tan especial como para ser única. ¿Cuántos mehranos crees que estaban, y están actualmente, en la misma situación que tú?
– Si alguno pensaba igual que yo, nadie me lo dijo.
– ¿Y a cuántos se lo dijiste tú? -Cameron no pudo evitar sonreír.
– A nadie, señor.
– Igual si ven que la vida fuera de Mehra es posible, esas persones se junten y fuercen un cambio de dirección en el Gobierno. O que al menos puedan conseguir tratados para salir de allí.
– Y de paso que la Tierra quede como el precursor del cambio, ¿no?
– La opinión pública lo es todo hoy en día. Casi el 20% de la economía de la Tierra está basada en nuestros reality shows. Siempre hay que buscar fórmulas para atraer la audiencia, aunque sea a largo plazo.

No estaba muy seguro por qué se sintió un poco decepcionado. Tal vez porque pensaba que el General tenía realmente un interés especial hacia él como persona. Sólo le preocupaba lo que representaba como ex – ciudadano de Mehra. Aún así, no se iba a permitir olvidar que había sido Arthur el que había peleado contra viento y marea para colocarlo en ese puesto. Puede que no tuviese unas intenciones 100% altruistas, pero la ayuda era innegable.

– Muy bien. Si el Team Perseus cumple con sus objetivos, me pondré al servicio de los medios de comunicación.
– Bien dicho, hijo -dijo con una sonrisa de oreja a oreja- Ahora a lo que ha venido -carraspeó- Para empezar, la nave que se le ha asignado está en el Hangar 63 de este mismo edificio. Es de nueva construcción, por lo que cuenta con todas las comodidades: habitaciones individuales, droides de servicio, gimnasio, piscina, pilotaje intuitivo… ¡¡No se ha reparado en gastos!!
– Suena bien -dijo Cameron al ver que el General esperaba respuesta.
– Mejor que bien, hijo. Totalmente pensada para su perfecto funcionamiento con tripulaciones muy reducidas. Hay dos tipos de equipos diseñados: enfoque militar y enfoque científico. Team Perseus es uno de la segunda categoría.
– Vale…

No era lo que se esperaba; pero si habían pasado el corte para formar parte del Proyecto Nebula, no había nada de los que preocuparse.

– Noto el tono de duda en su voz, hijo.
– Me preguntaba si yo voy a ser el único militar a bordo, señor.
– No, no. Necesitará un piloto -carraspeó- Hay dos cosas que necesita saber sobre Team Perseus. Para empezar, es de los pocos integrado totalmente por humanos. ¿Sabe lo que quiere decir esto?
– Que si la pifiamos, parecerá que la pifia toda la Tierra.
– Y lo contrario también es cierto -volvió a carraspear- Lo segundo, que está relacionado con lo que hemos hablado antes, es que su equipo estará formado por mujeres.

Cameron no pudo evitar ponerse un poco más tieso de lo habitual. No sabía muy bien por qué la idea le incomodaba un poco. Tal vez se debiese al hecho de que en su vida había mantenido una conversación con una mujer. Es más, hasta ese último mes casi ni había visto en directo mujeres humanas. Sabía que el General buscaba con eso un golpe de efecto para esa declaración que tenía planificada en el futuro.

– Estoy ansioso por conocerlas -dijo Cameron de manera natural para demostrar que no había ningún problema.
– Antes de nada, decir que todas vienen con las mayores recomendaciones de celebridades en sus respectivos campos. Team Perseus es un diamante en bruto, espero que sepa aprovecharlo.
– Seremos la envidia del Proyecto Nebula, señor.
– Así me gusta -carraspeó- Bien, su equipo constará de una arqueóloga y lingüista llamada Hazari Ikin-Hull. Ha escrito varios libros, ¿ha oído hablar de ella?
– No se permiten publicaciones femeninas en Mehra, señor.
– ¡Oh, claro! Tendría que haberlo supuesto -otro carraspeo, parecía más nervioso que Cameron- Como bióloga tenemos a Karlee Ramsey, la cual también tiene entrenamiento médico básico.
– ¿Ramsey? ¿Del Imperio Ramsey?
– Sí, es la hija mayor del magnate -Cameron frunció el ceño- No ponga esa cara. Ponemos la mano en el fuego por ella.
– OK -sólo esperaba que no estuviese acostumbrada a demasiadas comodidades. Una nave espacial no era precisamente un hotel de lujo.
– Para todo el tema técnico tenemos a la ingeniera Paige Tinkerson -dijo su nombre tan rápido que a Cameron no se le quedó.
– ¿Cómo…? -el General no le dejó terminar la pregunta.
– Y por último, su piloto será Lilian Fairburn. De la que ya te puedo ofrecer unos primeros datos.

El General sacó un mando a distancia y una pantalla descendió en una de las paredes. Tras teclear varios comandos, aparecieron la fotografía y varios datos de la tal Lilian.

– Ingresó en la Academia a los 17 años y, como puedes ver, ha cosechado en el simulador algunas de las puntuaciones más elevadas que tenemos registradas.
– Impresionante -dijo al ver los datos. Su ánimo volvió a alzarse- ¿Cuántos años tiene ahora?
– 31.
– ¿Y el rango?
– Aaaaah… -el General se puso nervioso, tirándose del cuello de la camisa para aliviar la opresión- Verá, cómo lo explicaría yo… Lilian todavía es una cadete.

Si le hubiesen dicho que el Sol se ha puesto verde, no se habría sorprendido tanto. ¿Cómo era posible que siguiese como Cadete tras tantos años y tan buenas puntuaciones en el simulador?

– ¿Qué me estoy perdiendo?
– Lilian tiene… como lo diría… ciertos problemas con la autoridad. Es una rebelde. Suspende las pruebas de graduación a propósito y sus relaciones con el profesorado son un poco tirantes.
– ¿Y no se la ha expulsado?
– No, el Director Dolan considera que si consiguiésemos centrarla sería uno de los mejores soldados de la NCP. Así que seguimos intentándolo.
– A ver si adivino. Team Perseus es el último intento. ¿Por qué parece que se la estáis colgando al novato?
– Yo no lo miraría así, hijo. Alguien con su experiencia reciente en combate, estando infiltrado entre los kagians… Consideramos que es una autoridad mayor que la que pueden ejercer los profesores de la Academia. Es una piloto excelente.
– Con cero horas de vuelo real.
– Por lo que Team Perseus supondrá un nuevo reto para ella y estará centrada.

Mucho sospechaba Cameron que aquel último comentario era más bien un deseo que una realidad, pero no iba a pecar de pesimista antes de conocer a su equipo. Al fin y al cabo, sus cuatro miembros venían altamente recomendados y no parecía que el General estuviese mintiendo al decirlo.

– Muy bien. Mentalidad abierta, ¿no?
– Así es, hijo. Me alegra oír eso.
– Aunque sigue pareciéndome extraordinario que alguien con el expediente de faltas de Lilian siga como Cadete a sus 31 años y que se le ofrezca un puesto en un proyecto tan puntero como es Nebula. Encima en un equipo que, como bien ha dicho antes, intentará establecer en el futuro un ejemplo para los habitantes de Mehra que saben lo que es la ética de verdad.

Igual tendría que haber cerrado la boca y no decir nada. Lo último que necesitaba era que el General se molestase con su comentario y reculase en su idea de asignarle como Team Leader. Pero lejos de enfardarse, Arthur se sentó con una sonrisa torcida en la boca.

– Digamos simplemente que el Director Dolan ha invertido mucha energía en la Cadete Fairburn…

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